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El espacio Málaga Solidaria de La Opinión de Málaga, que compartimos con Cruz Roja Málaga, Málaga Acoge, Arrabal e Incide, recogió el pasado 13 de marzo del 2021 el artículo de opinión de María del Pilar Estévez Muñoz, directora del CAI Grazalema de Prodiversa-Progreso y Diversidad. Puede consultar el artículo original aquí.

Durante toda la pandemia, hemos escuchado situaciones extremas muy traumáticas, donde la desesperación y el miedo han sido protagonistas. Profesionales exhaustos/as por todo lo que han tenido que afrontar.  Colegios cerrados. Profesores y profesoras dando clases desde sus pantallas de ordenador a su alumnado, y todos los daños colaterales que hemos sufrido durante este año maldito que ha puesto en peligro los cimientos del mundo entero.

Pero en este escenario dantesco, nunca se ha mostrado una generación invisible, que han padecido igualmente los efectos de esta pandemia. Aquellos niños y aquellas niñas que por sus circunstancias personales, sociales y familiares deben permanecer en Centros de Protección de Menores.

De ellos y ellas nadie ha hablado. No han salido en los medios de comunicación. Las clases políticas no se han percatado de su existencia, ni siquiera las más cercana. Tampoco nadie se ha acordado de los muchos y las muchas profesionales que día a día han estado en primera línea de batalla

Al principio, alguien se atrevió a valorar que no éramos un sector esencial, que no nos hacía falta EPIS para trabajar, como siempre se nos ubicó en un segundo, o quizás un tercer plano. Pero esos niños y esas niñas existen, son reales, para nosotros/as, nuestro primer plano y también han experimentado la pandemia.

En los centros, han habido contagios de niños/as y profesionales. Aislamiento, miedo, incertidumbre, dolor, desesperación, sufrimiento y un equipo humano, que se han dejado la piel, para proteger, cuidar y sacar adelante una situación que a veces ha resultado casi imposible de sobrellevar.

¿Cómo se le explica a un niño o una niña que debe aislarse del mundo sin ver a sus familias durante semanas por una situación pandémica desconocida y terrorífica? ¿Cómo se consuela a un niño o una niña en esas circunstancias, sin poder acercarte, abrazarlos o consolarlos desde la cercanía, porque unas medidas de seguridad sanitarias no te lo permiten? ¿Cómo unos profesionales canalizan el dolor de esos niños y esas niñas sin poder traspasar el espacio para consolar? ¿Cómo se explica a un niño o una niña que debe permanecer 15 días en una habitación porque se han contagiado de una enfermedad desconocida, sin que se note el miedo del adulto?  ¿Cómo se contiene un centro lleno de niños y niñas para que toleren una situación donde el terror inunda el oxígeno que se respira? ¿Cómo se intenta normalizar una convivencia de tantísimas personas, para que cumplan con sus obligaciones escolares, se rebaje los niveles de ansiedad, se mantenga la seguridad sanitaria y sientan que los centros donde se encuentran es su lugar de protección?

Hemos visto en la televisión, familias desesperadas con sus hijos e hijas.  Intentando contener el confinamiento, agobiadas por las clases de los colegios a nivel telemáticos, por no poder ir a un parque, por la dificultad de controlar la naturaleza activa de un niño o una niña.

Pero nadie se ha percatado de esta otra cara de la infancia, la que vive en los centros de protección.

Aquellos y aquellas invisibles, solo han contado con el único y exclusivo apoyo de un grupo de profesionales, que han trabajado incansablemente con gran dedicación y entrega, para que asumieran esta terrible situación. Transformando una situación de terror, en un entorno de tranquilidad, calidez y calor humano. Apoyando y acompañando en la soledad y el desgarro emocional de estas pequeñas personas.

También hemos tenido en los centros de protección de menores el llanto de profesionales cansados/as, exhaustos/as y con mucho miedo, para después transformarse con una gran sonrisa, fuerza y seguridad cuando atravesaban el umbral donde se encontraban los que verdaderamente necesitaban de su fuerza, para sacarlos adelante, con optimismo y mucha esperanza.

Profesionales que día a día, también han expuesto su salud en primera línea de batalla, para superar una de las situaciones más difíciles de nuestra actual historia, y a los que nadie ha mencionado. Y que han conseguido responder y atravesar todas las preguntas que anteriormente se exponían.

Esta pandemia ha evidenciado una vez más que este sector es el gran olvidado. Aun así, hemos vuelto a demostrar la capacidad heroica de transformarnos, reinventarnos y ser más fuertes.

Por ello, hoy me voy a permitir a través desde estas líneas escritas, lanzar el mayor de los aplausos que nunca han recibido, en homenaje a estos/as grandes invisibles de esta pandemia.